I. El regalo
Cualquier joven lleva en el bolsillo más poder de cálculo del que tuvo la humanidad entera durante siglos. Puede consultar casi todo lo que se ha escrito, conversar con una máquina que responde como persona y llegar en segundos a cualquier rincón del mundo. Nunca hubo tanto al alcance de tantos.
Y casi nadie le enseñó a usarlo. Se le dio la herramienta sin el oficio.
Tenemos emociones del paleolítico, instituciones medievales y tecnología de dioses. Edward O. Wilson
II. El costo
Lo que no se sabe usar no es neutro: cobra. Cobra en atención, porque hay sistemas enteros diseñados para quedarse con ella. Cobra en criterio, porque quien no entiende cómo se elige lo que ve termina creyendo que lo eligió. Cobra en oportunidades, porque la misma herramienta que a uno lo distrae, a otro lo hace crecer.
El precio casi nunca llega como factura. Llega como años.
III. La raíz
Este proyecto nace en Guadalajara, y no es casualidad. La ciudad tuvo que asentarse cuatro veces —Nochistlán, Tonalá, Tlacotán— antes de quedarse, el 14 de febrero de 1542, en el valle de Atemajac. Aprendió moviéndose, hasta encontrar dónde pararse.
Nueva Galicia fue un reino levantado sobre lo nuevo: caminos reales, minas, ciudades trazadas a cordel. Sabía que toda novedad trae un precio y que conviene conocerlo antes de pagarlo. Esa es la herencia que reclamamos: lo nuevo no se rechaza ni se adora. Se estudia.
IV. La tarea
Grupo Nueva Galicia lleva esa pregunta a las aulas: a jóvenes de secundaria a universidad, en toda Hispanoamérica. No para asustarlos ni para venderles el futuro, sino para que entiendan cómo funciona lo que ya usan: la inteligencia artificial, los algoritmos, la información sin fin.
Que dejen de verlo como magia. Que lo cuestionen. Que lo usen para crear, y no solo para consumir.
La tecnología ya nos la dieron. El oficio hay que ganárselo.
— Emilio Andrés, Guadalajara
